Por Daniel Goya
El Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en Memoria de Alfred Nobel 2025 —técnicamente,
no es un “Premio Nobel”— reconoció a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por ayudarnos a
entender por qué, desde hace poco más de dos siglos, la economía crece de manera sostenida. Durante
casi toda la historia humana no fue así, lo que cambió fue el rol jugado por la innovación y el cambio
tecnológico. Si bien este crecimiento ha generado problemas importantes —entre ellos, significativos
impactos medioambientales— el premio pone el acento en la transformación fundamental que la
innovación ha producido en las sociedades modernas y en la calidad de vida de la humanidad.
Joel Mokyr y la historia de las ideas
Una mitad del premio fue para Joel Mokyr, historiador económico que mostró que el crecimiento
sostenido no nació sólo de inventar cosas, sino de empezar a entender el cómo y el por qué las cosas
funcionan, para así poder mejorarlas una y otra vez. Su argumento central es que la combinación entre
una cultura de apertura a las nuevas ideas, heredada en gran medida de la Ilustración, y ciertos factores
institucionales y sociales, fue lo que hizo posible el despegue tecnológico que transformó la economía
mundial.
Aghion, Howitt, Schumpeter y la destrucción creativa
La otra mitad del premio fue para Philippe Aghion y Peter Howitt, reconocidos por desarrollar un modelo
teórico de crecimiento económico basado en la «destrucción creativa», un concepto acuñado
originalmente por el economista austríaco Joseph Schumpeter a comienzos de la década de 1940. Este
principio postula que una innovación —especialmente si es disruptiva— tiende a destruir las estructuras y
tecnologías preexistentes. Aunque esto puede provocar la quiebra de empresas y la pérdida de empleos a
corto plazo, lo nuevo que surge termina creciendo hasta superar en tamaño y eficiencia a lo que
reemplazó. La creación de un nuevo mercado y la aparición de competidores aumentan la productividad
general, hasta que una nueva innovación vuelve a desplazar a su vez a la anterior. Son estos ciclos
permanentes de destrucción creativa los que, en última instancia, impulsan el crecimiento económico a
largo plazo.
Al propio Schumpeter probablemente no le habría convencido del todo el modelo de Aghion y Howitt,
por dos razones. En primer lugar, él privilegiaba el análisis contextual y cualitativo de los fenómenos
económicos —una dimensión que el premio reconoce al incluir a un historiador como Mokyr. En segundo
lugar, Schumpeter concebía la economía como un sistema donde prima el desequilibrio, mientras que los
modelos de Aghion y Howitt se inscriben en la tradición neoclásica, que supone la existencia de una
economía generalmente en equilibrio. En cualquier caso, Schumpeter no podría haber recibido el Nobel
ya que murió casi veinte años antes de que el premio comenzara a entregarse.
Una deuda con la tradición neoschumpeteriana
Entre Schumpeter y Aghion-Howitt hay toda una escuela —los neoschumpeterianos o economistas
evolucionistas— que no siguen la escuela neoclásica y que analizan la economía desde marcos teóricos distintos. Sus contribuciones a la comprensión de la innovación han sido, en mi opinión, tanto o más
importantes que las de Aghion y Howitt, con referentes como Richard Nelson, fallecido recientemente;
Christopher Freeman; Giovanni Dosi; Bengt-Åke Lundvall; y en el caso de América Latina, Jorge Katz. Este
grupo de economistas, en parte invisibilizados por los circuitos académicos dominantes, ha realizado
aportes fundamentales para entender los procesos de innovación y las políticas públicas necesarias para
fomentarla.
Esta tradición no se ha limitado a mostrar que la innovación importa: ha estudiado de forma profunda
cómo y cuándo ocurre —o no— y cuáles son las políticas públicas que la hacen posible. De ahí viene, por
ejemplo, el enfoque de los Sistemas Nacionales de Innovación, que analiza el fenómeno no solo como un
producto de las empresas, sino, de forma sistémica, las interacciones entre los distintos actores e
instituciones relevantes para entender la innovación: empresas y sus procesos internos, emprendedores,
universidades y centros de investigación, mercados, sector público, sistema financiero, normas legales y
culturales, redes formales e informales de intercambio de conocimiento, etc.
Para un país como Chile —con una productividad relativamente estancada hace dos décadas, que todavía
invierte poco en investigación y desarrollo y que sigue sin resolver qué rol debe jugar el Estado en el
desarrollo productivo— mejorar la capacidad de innovación es fundamental. El premio acierta en lo
esencial: la innovación está en el centro de la prosperidad de largo plazo. Aghion y Howitt hicieron
aportes genuinos y lo merecen. Pero conviene no olvidar que existen otras escuelas de pensamiento
cuyas investigaciones han contribuido de manera decisiva a comprender estos fenómenos, y cuyas
herramientas son especialmente valiosas para diseñar las políticas que países como el nuestro necesitan.